Serie Morrigan III
El Caminante de Mundos no marcha: avanza con la inevitabilidad de una tormenta que ya no puede detenerse. Su
cabeza es la de un gran halcón o águila dorada, con ojos penetrantes que ven más allá del plano físico, capaces de
percibir las almas de los caídos y los destinos aún no escritos. Su cuerpo es una fusión armónica de plumas y metal
forjado: la armadura celta cubre su torso con medallones en espiral y placas con runas grabadas a fuego, mientras que
desde sus hombros y brazos brotan largas plumas oscuras que ondean como estandartes al viento. En su mano
derecha sostiene un tridente ceremonial, símbolo del dominio sobre los tres reinos: el de los vivos, el de los muertos y
el de los dioses. El humo envuelve el escenario mientras guerreros medievales, insignificantes ante su escala
sobrehumana, corren o se paralizan de terror. Un cráneo yace a sus pies como ofrenda involuntaria, testimonio de
batallas pasadas. Esta imagen evoca a la Morrigan en su forma más primordial: no la diosa del amor ni de la magia
suave, sino la Morrigan salvaje, la que vuela sobre los campos de guerra transformada en cuervo gigante, reclamando
lo que le pertenece. El Caminante de Mundos es el puente entre la vida y la muerte, y su paso anuncia que la batalla
ha llegado a su momento decisivo.

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